CUÁNDO UN NIÑO DEBE ACUDIR AL PSIQUIATRA
O AL PSICÓLOGO
Rafael Mejía
Los niños requieren asistencia psicológica o psiquiátrica
cuando su conducta, convivencia y capacidad de aprendizaje no son como las de
otros chicos.
Es común para muchos pensar en la infancia como "la
etapa más feliz de la vida"; en efecto, se crean los primeros vínculos
afectivos y se conocen las maravillas del mundo con asombro y fascinación,
pero este proceso puede enfrentar dificultades que alteran la conducta de un
niño, generando una relación conflictiva con su entorno, aislamiento
y situaciones angustiantes que merman su capacidad creativa y de convivencia.
Problemas como tartamudez, falta de interés al hacer
la tarea, fantasía excesiva y actitud agresiva en la escuela, entre otros,
representan un reto difícil de llevar por los pequeñines, quienes
debido a su inexperiencia en la vida encuentran dificultad para enfrentar hechos
cotidianos y expresar sensaciones.
Aunque muchos padres no lo saben, cambios emocionales y de conducta
en sus hijos pueden evidenciar la gestación de disfunciones mentales
serias que requieren la ayuda de psicólogos, expertos en desórdenes
conductuales y teorías de la personalidad, o psiquiatras especializados
en infantes (paidopsiquiatras), quienes dan atención a casos en que se
presentan anormalidades fisiológicas en cerebro y red neuronal.
Cabe mencionar que un psiquiatra es alguien que luego de concluir
su carrera en Medicina se ha especializado en el ámbito de las enfermedades
mentales; diagnostica y trata toda clase de alteraciones nerviosas, mentales
y emocionales, principalmente de base biológica, y está autorizado
para prescribir medicamentos.
Por su parte, un psicólogo estudia una licenciatura,
es un experto en teorías psicológicas y de la personalidad, así
como en el funcionamiento del cerebro, la relación del ser consigo mismo
y con su sociedad; basa sus diagnósticos en entrevistas y la aplicación
de tests; trata problemas como ansiedad, depresión y fobias, y no está
autorizado para recetar medicamentos.
De esto habló con saludymedicinas.com.mx
la psicóloga Francisca Bejar Nava, especialista en educación especial
adscrita a la Clínica Universitaria de Salud Integral (CUSI) de la Facultad
de Estudios Superiores Iztacala de la Universidad Nacional Autónoma de
México, quien considera que los problemas en la conducta o aprendizaje
del menor no son intrascendentes, sino que deben ser diagnosticados por especialistas
pues, afirma, en la gran mayoría de casos tienen más de una causa
y requieren del seguimiento de puntos específicos para su tratamiento.
A fin de comprender esta situación explica que, para
los especialistas en salud mental, crecimiento y desarrollo son dos cosas distintas,
de modo que el primer concepto sólo hace referencia a cambios físicos
del niño, en tanto que el segundo se aboca al estudio de "áreas
como capacidad de movimiento, lenguaje, socialización, autocuidado y
adquisición de conocimiento; a su vez, el desarrollo infantil puede estudiarse
desde tres dimensiones: física, social y psicológica, siendo la
primera el campo de acción del médico y las otras dos aquellas
en que incidimos los psicólogos y psiquiatras".
Respecto a esto último, comenta que los investigadores
en esta materia han establecido una serie de parámetros que conforman
lo que se denomina "desarrollo esperado", el cual comprende estimaciones
del comportamiento que cada niño debe presentar de acuerdo a su edad,
grupo social y población a la que pertenece; un pequeño muy alejado
de estas características se considera candidato a recibir tratamiento.
En otros términos, hablamos de chicos que no presentan
la misma conducta que otros de su edad, por ejemplo, "cuando en los primeros
años de vida se detectan deficiencias en el uso de lenguaje, ya sea porque
el infante no habla en el tiempo promedio o lo hace de manera inadecuada; también
cuando es más grandecito y presenta problemas en la escuela o no aprende
al mismo ritmo que sus compañeros de grupo".
Importancia del diagnóstico
Bejar Nava explica que las dificultades en el desarrollo mental
del niño tienen normalmente más de una causa, "como la dinámica
familiar, las relaciones y demandas en el ámbito escolar o en otras áreas
sociales, e incluso algún aspecto biológico que puede generar
una condición inadecuada de desarrollo; todo esto llega a conjugarse
de tal manera que provoca una serie de alteraciones en el perfil psicológico
del menor".
Por ello, la "regla de oro" para atender estos problemas
es la evaluación por parte de un psicólogo o paidopsiquiatra y,
en ocasiones, por un equipo multidisciplinario de expertos en salud mental.
Si los trastornos que se presentan son meramente de comportamiento,
el psicólogo será el encargado de llevar la terapia; en cambio,
cuando se identifica que el origen es una anormalidad del sistema nervioso,
ocasionada por factores hereditarios, accidentes o cáncer, el tratamiento
será dado por un psiquiatra, el cual también está capacitado
para atender problemas conductuales que puedan requerir prescripción
de fármacos. La atención también puede realizarla un equipo
conformado por especialistas de ambas ramas, quienes pueden apoyarse en neurólogos
o pediatras, pero todo ello dependerá del resultado de la evaluación.
La examinación requiere varias horas repartidas en más
de una visita tanto del niño como de sus padres y otros familiares; incluso,
bajo aprobación de los consultantes, se puede obtener información
pertinente de otras personas que tienen que ver con el infante, tales como el
médico familiar y personal de la escuela.
Durante estos exámenes se analizan diversos puntos, como
narración de los problemas y síntomas, obtención del historial
médico de los padres y de la familia, conocimiento de los detalles que
ha tenido el desarrollo del niño, descripción de las relaciones
familiares y, de ser necesarias, pruebas de laboratorio como análisis
de sangre, radiografías o algún test especial, como evaluaciones
psicológicas, educativas o del habla.
Bejar Nava considera sumamente importante que la examinación
sea lo más completa posible y que se estudien todos los factores que
podrían afectar al infante. "Por citar un ejemplo, cuando hay malas
calificaciones se deben tomar en cuenta la edad a la que el pequeño inició
su vida académica (si fue a los cinco años en el jardín
de niños o a los dos en maternal) y el sistema de enseñanza en
el que se encuentra; esto porque hay distinto contenido curricular en una escuela
oficial que en una particular, y en ocasiones la excesiva demanda de actividades
saturan al alumno, generan malos resultados que afectan su autoestima y ocasionan
rechazo hacia la educación".
La psicóloga comenta que hay casos en que con sólo
cambiar de ritmo de actividades se empieza a tener buen desempeño, pero
en otros se siguen presentando problemas para aprender a un ritmo adecuado,
a la vez que se observa carácter introvertido, apático, poco participativo
o completamente extremo: agresivo, demasiado inquieto y con períodos
de atención muy reducidos. En situaciones así, la evaluación
permitirá conocer los motivos de la conducta, que pueden encontrarse
en el ámbito familiar, y determinar los pasos a seguir para obtener una
solución.
Hay que hacer mención de que psiquiatra o psicólogo
tiene la obligación de preparar un informe para describir a los padres
y al niño cuál es su situación en términos comprensibles,
de modo que los aspectos biológicos, psíquicos y sociales sean
contemplados, y de que toda duda sea aclarada. Posteriormente se ofrece una
serie de recomendaciones y se desarrolla un plan de tratamiento.
Algunos ejemplos
A fin de clarificar de qué manera pueden ayudar psicólogos
y psiquiatras a superar problemas en el desarrollo del menor, Francisca Bejar
habló de algunos de los casos más frecuentes a los que se enfrentan:
Tartamudez. La evaluación
de los pequeños que se comunican con pronunciación entrecortada
y repitiendo sílabas toma en cuenta la edad en que se presentan esta
deficiencia del habla, y prosigue con la revisión médica del aparato
fonoarticulador (boca y lengua), así como la forma en que el pequeño
expulsa el aire y utiliza la lengua. La psicóloga comenta: "Si vemos
que está bien, descartamos la parte biológica y descubrimos que
el tartamudeo puede presentarse por una condición emocional y que, por
ello, sólo ocurre ante ciertos eventos que crean alto nivel de ansiedad
en el chico".
Aquí, el psicólogo o psiquiatra atiende el aspecto
emocional y enseña a su paciente a enfrentar situaciones estresantes,
a la vez que se siguen ejercicios para mejorar su pronunciación y una
terapia de lenguaje en la que participan constantemente los padres, pues se
ha observado que su intervención es crucial para llevar el tratamiento
de manera adecuada.
Enuresis. Aunque la mayoría
de los niños dejan de orinarse en la cama aproximadamente a los tres
años, hay quienes siguen presentando esta situación en edades
más avanzadas. Lo cierto es que no estamos ante una enfermedad, sino
que es un síntoma bastante común.
La enuresis puede tener sinnúmero de causas emocionales,
por ejemplo, cuando un niño comienza otra vez a orinarse en la cama después
de meses o años de no hacerlo, se sospecha que enfrenta nuevos temores
o inseguridades, por lo que suele asociarse a algún evento que le generó
miedo e incertidumbre: el traslado de la familia a otra población, la
pérdida de un ser querido o el nuevo hermanito que reclama atenciones
por parte de los padres.
Aunque esta dificultad llega a ser atendida exitosamente incluso
por el pediatra, algunas veces la enuresis no se resuelve de manera sencilla;
en estas ocasiones suelen presentarse otros problemas emocionales, tales como
tristeza o irritabilidad constantes, cambios en el apetito o en los hábitos
de dormir. En estos casos se recomienda consultar a psiquiatra o psicólogo
de niños para realizar una evaluación.
Divorcio. Los padres pueden
sentirse desconsolados o contentos por su separación, pero invariablemente
los niños experimentan temores y confusión por la amenaza a su
seguridad personal, además de que no entienden qué sucede en su
familia, cómo se verán afectados y cuál será su
suerte; incluso llegan a creer que son la causa del conflicto entre sus padres
o tratan de hacerse responsables de reconciliarlos.
En general, la pérdida de uno o ambos padres debido a
divorcio puede hacer que los infantes se vuelvan vulnerables a enfermedades
físicas y mentales, de modo que los adultos deben percatarse de las señales
de estrés persistentes en los pequeños, como falta de interés
en la escuela, por los amigos o aún a entretenerse; otros indicios son
dormir muy poco o demasiado, y ser rebeldes.
En todos estos casos el psiquiatra o psicólogo podrá
evaluar y dar tratamiento al niño para aliviar las causas del estrés,
además de que podrá aconsejar a los padres para que, de ser definitiva
su decisión, hagan entender a los pequeños que mamá y papá
seguirán al pendiente de su desarrollo, aún si el matrimonio termina
y no viven juntos. La asesoría especializada también puede poner
fin a disputas prolongadas acerca de la custodia de los hijos o por presionar
a los infantes para que "tomen partido" por uno de sus progenitores.
Fobia social. Aquí
se hace énfasis en la historia del niño, ya que, explica la psicóloga
Francisca Bejar, el problema para socializar con sus compañeros es una
alteración considerable de miedos y temores, o porque el chico toma demasiado
a pecho lo que le dicen: recibe una broma y reacciona mediante conductas extremas
que pueden manifestarse con agresividad o demasiada introversión, apatía
pronunciada y alejamiento de sus semejantes.
Así, el trabajo se dirigirá a conocer la relación
del pequeño con sus padres y los momentos en que se presentan las manifestaciones
antes mencionadas de manera más pronunciada, a fin de determinar en qué
aspecto se debe atender el perfil emocional del niño. En todo momento,
psicólogo o psiquiatra deben considerar que hay aspectos biológicos
que pueden generar esta condición, como problema de inmadurez neurológica
(anomalías en el desarrollo del sistema nervioso), por lo que de ser
necesario el caso será llevado sólo por el neurólogo (especialista
en el funcionamiento del sistema nervioso) o paidopsiquiatra, quien seguramente
recurrirá al uso de fármacos.
Depresión. Niños y adolescentes también
sufren esta enfermedad que interfiere con sus habilidades y desarrollo integral,
sólo que sus manifestaciones son ligeramente distintas a las de los adultos,
por lo que los tutores deben permanecer atentos y buscar ayuda si uno o más
de los siguientes síntomas persisten:
- Tristeza y llanto constantes.
- Desesperanza.
- Pérdida de interés en sus actividades favoritas.
- Aburrimiento persistente y falta de energía.
- Aislamiento social, pobre comunicación.
- Baja autoestima y culpabilidad.
- Sensibilidad extrema hacia el rechazo y fracaso.
- Coraje u hostilidad.
- Quejas frecuentes de enfermedades físicas, como dolor de cabeza o estómago.
- Ausencias frecuentes de la escuela y bajo rendimiento en los estudios.
- Mala concentración.
- Cambios notables en los patrones al comer y dormir.
- Intentar o hacer mención de que se desea escapar de casa.
- Expresiones suicidas o comportamiento autodestructivo.
Los niños y adolescentes que se portan mal en casa y
escuela pueden estar sufriendo depresión sin que nadie se dé cuenta
de ello, por lo que los padres deben acercarse más a ellos para percibir
los cambios en su conducta y asistir al psiquiatra o psicólogo para tratar
de lograr un diagnóstico temprano del mal.
Trastorno por déficit
de atención e hiperactividad (TDAH). Este término es relativamente
nuevo y se utiliza para englobar varias alteraciones de conducta que presentan
los niños; entre ellas se incluyen excesiva actividad motora (el pequeño
corre, brinca y se desplaza sin cansarse) o problemas para mantener la concentración
por tiempo prolongado, o ambos; en este último caso los infantes son
fácilmente rechazados debido a que por momentos se comportan con tranquilidad
y, sin explicación aparente, se vuelven agresivos, tienen explosiones
de conducta y adoptan actitudes desmedidas respecto a ciertas circunstancias;
por ejemplo, se enojan mucho y reaccionan de manera violenta cuando alguien
bromea con ellos e insisten en actuar agresivamente aun cuando les llaman la
atención.
Ante todo, Francisca Bejar considera que en la actualidad "está
muy mal empleado el término TDAH, ya que muchos niños inquietos
son diagnosticados erróneamente como hiperactivos", por lo que,
subraya, "se necesita una evaluación multidisciplinaria en la que
el neurólogo y el psiquiatra juegan papel principal para determinar qué
tan alterado está su sistema nervioso y, al mismo tiempo, ver la conveniencia
de administrar fármacos".
Si se establece que el pequeño tiene TDAH, psicólogo
o psiquiatra ayudarán a desarrollar habilidades, como prolongar los periodos
de atención u ordenar sus actividades llevando una agenda, además
de que pueden asesorar a los padres, familiares e incluso a otros chicos para
que comprendan el problema y sepan cómo actuar.
Violencia familiar. El
efecto del maltrato a menores perdura mucho después de que las señales
de golpes y heridas físicas han desaparecido o de que las ofensas se
han esfumado, por lo que se suele reconocer que el tratamiento temprano es importante
para minimizar los efectos a largo plazo causados por el abuso o maltrato físico
y psicológico.
Es posible distinguir a los niños que sufren violencia
intrafamiliar cuando son incapaces de confiar o querer a otros, tienen conducta
agresiva, problemas de disciplina (en ocasiones incurren en actos ilícitos
como robo), presentan comportamiento autodestructivo, son retraídos,
temen crear nuevos lazos afectivos, presentan bajas calificaciones y se acercan
peligrosamente a las drogas o alcohol.
Psicólogos y psiquiatras de niños y adolescentes
proveen evaluación comprensiva y cuidado para los menores que han sufrido
violencia en casa; también pueden ayudar a la familia a aprender nuevas
formas de darse apoyo y de comunicarse. Cabe destacar que, de acuerdo a lo observado,
el infante maltratado comienza a recuperar su sentido de confianza en sí
mismo y en otros sólo mediante tratamiento.
Abuso sexual. Este tipo
de violencia puede ocurrir a manos del padre, padrastro, hermano u otro pariente,
o fuera de la casa, por ejemplo, un amigo, la persona que lo cuida, un vecino,
maestro o desconocido; empero, en todo caso el pequeño desarrolla una
variedad de pensamientos e ideas angustiantes.
No hay niño preparado psicológicamente para hacerle
frente al estímulo sexual, y cuando los abusos en este aspecto ocurren
en casa, el menor puede tenerle miedo a la ira, celos o vergüenza de otros
miembros de la familia, o quizás puede temer que se presente una desintegración
si denuncia el abuso, de modo que experimenta mucha tensión y angustia
por lo que le ocurrió.
Los pequeños que han sufrido abuso sexual pueden mostrar
en su comportamiento:
- Interés excesivo o evitar todo lo de naturaleza sexual.
- Dificultad para establecer relaciones con otras personas.
- Pesadillas u otros trastornos del sueño.
- Depresión o aislamiento de sus amigos y familia.
- Obsesión por manifestar que tienen el cuerpo sucio o dañado, o miedo de que haya algún daño en sus genitales.
- Negarse a ir a la escuela.
- Tener prácticas delictivas.
- Muestras de abusos o molestias sexuales en sus dibujos, juegos o fantasías.
- Agresividad.
- Pensamientos suicidas.
Si un niño dice que ha sido molestado sexualmente, los
padres deben hacerle sentir que lo que pasó no fue culpa suya y buscar
ayuda médica para que se realice un examen físico a su hijo; también
deberán asistir al psiquiatra o psicólogo a fin de que ayude a
los menores a recuperar su autoestima y sobrelleven sus sentimientos de culpabilidad.
Discapacidad. La labor
a seguir es muy variada, dependiendo del tipo de problema que se presente y
si éste es de nacimiento o adquirido. "No es lo mismo trabajar con
un niño con síndrome de Down, al que se detecta desde que nace,
a un pequeño que físicamente no demostró ninguna alteración,
ha llevado un desarrollo normal pero al llegar a la escuela tiene problemas
de aprendizaje; es hasta ese momento o al observar que requiere dos años
para cubrir cada grado escolar cuando se percibe que hay daño biológico
difícil de detectar".
En todo caso, explica Bejar Nava, los psicólogos y psiquiatras
ayudan a llevar una educación especial que garantiza mejor calidad de
vida, y al existir un compromiso de parte de familiares y expertos, el resultado
es mejor para lograr el bienestar integral del niño.
Adopción. No hay
consenso entre especialistas en salud mental sobre a qué edad debe saber
un niño que fue adoptado, pues esto dependerá de las circunstancias
en que se presente la situación, pero se afirma que los pequeños
deberán enterarse por boca de sus padres, ya que de saberlo a través
de terceras personas pueden sentir ira y desconfianza hacia sus tutores y pueden
ver la adopción como mala o vergonzosa.
El niño adoptado puede desarrollar problemas emocionales
y de comportamiento como resultado de las inseguridades relacionadas con su
condición, por lo que si los padres notan anomalías en el carácter
del menor o simplemente tienen la inquietud, deben buscar ayuda del psicólogo
o psiquiatra.
Niños sobresalientes.
A decir de Francisca Bejar, éste es uno de los grupos más descuidados,
debido a que su condición es difícil de evaluar con exactitud
(incluso puede ser parcial, temporal o permanente) y debido a que los sistemas
educativos están desarrollados sólo para la población general
y no para quienes superan el parámetro medio; estos chicos difícilmente
pueden adelantar años escolares y, por tanto, requieren de terapia específica.
El trabajo del psicólogo consiste no sólo en ofrecer
actividades colaterales que ayuden al aprendizaje, sino en dar apoyo emocional,
pues estos niños presentan un problema conocido como discronía
emocional, en el que las demandas sentimentales y de juego superan a las de
la edad cronológica. "Hay pequeños de 8 años que quieren
jugar y relacionarse como cualquiera, pero los compañeros de su edad
no tienen las mismas inquietudes; entonces descubren que les gustaría
convivir con niños de 12 años, pero éstos los rechazan.
Tal situación crea un choque emocional y por eso tenemos que apoyarlos
psicológicamente, para que su relación con los demás no
sea desfavorable".
Anorexia y bulimia. Malos
hábitos de nutrición, modas y, ante todo, la imitación
de un hermano mayor o tutor generan problemas alimenticios comunes entre los
adolescentes e incluso entre los 8 y 14 años de edad, por lo que podemos
hablar de bulimia y anorexia nervosa en niños, principalmente del sexo
femenino.
Se ha observado que el carácter de quien padece anorexia
nerviosa es perfeccionista y busca obtener muy buenas calificaciones en la escuela
pero, al mismo tiempo, se subestima, cree irracionalmente que está obesa
aun cuando pierde mucho peso y se pone muy delgada, ya que en su intento por
lucir "esbelta" en realidad se mata debido a su régimen de
hambre.
Cuando hay bulimia, la niña o niño ingiere grandes
cantidades de alimento con alto contenido calórico, y luego busca eliminar
sus copiosas comidas a través del uso de laxantes o provocándose
el vómito. Esto puede alternarse con dietas extremas que resultan en
fluctuaciones de peso dramáticas.
Psiquiatras y psicólogos de niños y adolescentes
son los indicados para evaluar, diagnosticar y dar tratamiento a estos desórdenes
caracterizados por la obsesión hacia la comida y la distorsión
de la imagen física. Las investigaciones demuestran que la identificación
y el tratamiento a tiempo tienen resultados favorables, por lo que los padres,
al notar los síntomas, deben acudir al psicólogo o psiquiatra,
quien trabajará en equipo con un nutriólogo.
Drogas y alcohol. Por
desgracia, creciente número de niños y adolescentes tiene algún
tipo de acercamiento con estimulantes; algunos los ignoran, otros experimentan
un poco y luego los dejan, pero otros seguirán usándolos regularmente
con varios niveles de problemas físicos, emocionales y sociales, incluso
desarrollan dependencia y actuarán durante años de manera destructiva
hacia sí mismos y otros.
Quienes comienzan a fumar tabaco o a beber desde temprana edad
corren grave riesgo, ya que se ha observado que son más propensos a consumir
mariguana y otras drogas ilícitas. Las señales principales del
abuso de drogas por niños y adolescentes pueden incluir:
- Fatiga constante, quejas acerca de su salud, ojos enrojecidos y sin brillo y tos persistente.
- Cambios en la personalidad, variaciones bruscas de humor, comportamiento irresponsable, baja autoestima, depresión y desinterés general.
- Desobedecen las reglas familiares o dejan de comunicarse con seres queridos.
- Calificaciones bajas, ausencias frecuentes en la escuela y problemas de disciplina.
- Se hacen de amigos nuevos, a quienes no les interesan las actividades normales de casa y escuela, presentan problemas con la ley y estilos poco convencionales en su forma de vestir.
Una manera eficaz en que los padres pueden demostrar su preocupación
y afecto por sus hijos es discutir francamente con ellos sobre el uso de bebidas
alcohólicas y drogas y, en caso de observar síntomas arriba referidos,
deben consultar a un psiquiatra para someterlos inmediatamente a tratamiento.
La solución está
en todos
Para que el resultado sea el esperado, uno de los puntos más
importantes de la terapia consiste en vincularse estrechamente con los progenitores
del niño, pues de acuerdo a la psicóloga*, el esquema de trabajo
semeja un triángulo en cuya base se encuentran los especialistas y familiares,
y sólo si esta labor se realiza en conjunto se logra beneficiar al pequeño,
quien se encuentra en el ángulo superior.
Empero, mención aparte merece el hecho de que en gran
número de ocasiones el desarrollo del menor se ve afectado precisamente
por el ambiente en casa. Bejar Nava comenta que muchos padres "ubican al
niño como el origen de las dificultades, lo utilizan como chivo expiatorio
y pretexto para decir que toda la dinámica familiar, la relación
de pareja o con otros hijos está afectada por culpa de él, un
'niño problema'".
De lo anterior se deduce que la labor del psicólogo o
psiquiatra debe ser muy hábil para hacer entender a los padres que ellos
también requieren terapia. "En el caso de la violencia intrafamiliar,
se determina con claridad que los progenitores son causa del problema, pero
les resulta increíble que uno les diga que ellos son partícipes
y a veces la principal causa de que el niño tenga bajo rendimiento o
indisciplina en la escuela. El trabajo es complejo, sistemático y con
mucho compromiso para que no se vea interrumpido y cubra sus distintas etapas:
reconocer que hay dificultades, buscar soluciones y llevarlas a la práctica".
Asimismo, la especialista expresó que la atención
psicológica o psiquiátrica en la infancia requiere la colaboración
de padres y profesores; a través de la experiencia se ha observado que
cada uno en su respectiva esfera puede apreciar el origen de alteraciones en
la conducta.
En lo que se refiere a los maestros, comenta que deben permanecer
atentos, "no sólo ante niños muy inquietos en el salón,
sino también deben observar al que casi no participa, al poco activo,
demasiado introvertido o muy fantasioso, situaciones que pueden mostrar que
el pequeño sufre maltrato en casa, pero eso sólo lo puede conocer
el maestro al interactuar con sus alumnos".
Asimismo, destaca que la labor del profesor es importante tanto
por el tiempo que pasa con los infantes como porque actúa en situaciones
controladas y dirigidas, como el aprendizaje académico. "A lo mejor
el niño pasa más tiempo con los papás, pero ellos cubren
actividades de la vida diaria, exigencias y demandas de una familia; pero cuando
ingresan al colegio las labores tienen un propósito, un porqué
y un para qué, por lo que se empieza a conocer al niño de manera
más integral y en situaciones inéditas que ponen en evidencia
alguna dificultad".
Por otro lado, remarca que los padres deben ser observadores
hacia sus hijos para apreciar alteraciones o conductas repetitivas que manifiesten
dificultades en su desarrollo. En efecto, un niño puede insistir en que
no quiere ir a la escuela, presenta bajas calificaciones o se resiste a hacer
su tarea bajo todo tipo de excusas, siendo que antes la realizaba de manera
exitosa; también puede mostrar pérdida de apetito o se alimenta
en exceso, además de que tiene pesadillas frecuentes, casi no duerme
o muestra mucha ansiedad; con esto el pequeño no manifiesta flojera o
incapacidad, sino puede estar "diciendo" que no está a gusto
en la escuela e incluso que hay maltrato por parte de un profesor.
Finalmente, Francisca Bejar expresó que dar importancia
a la detección y al tratamiento de problemas de salud mental en la infancia
es muy necesario porque previene dificultades en el futuro no sólo en
lo individual sino en lo familiar, debido a que "lo que le ocurre al niño
es un reflejo de su condición de vida" y, ante todo, considerar
que en la salud mental siempre es mejor prevenir que lamentar.